Entre ejemplares
excepcionalmente elegantes - camelias a la sombra del umbráculo; washintonies y
palmeras de Canarias a pleno sol; un formidable pie de tamarindo o el porte
gigante de tilos y cedros del Himalaya- son los tejos los que, gracias a la
poda, lucen formas imaginarias, libres y fantasiosos. Con dos jardines- colindantes pero
fuertemente contrastados y diferentes- fueron de uso privado hasta la bien entrada década de los sesenta. Y como tales se han conservado hasta hoy.
Sección
B: Encinas, eucaliptos y secoyas.
El
jardín, a cuestas de una pesada historia, nos sorprende con la presencia
siempre con el prorrumpir de ejemplares arbóreos o arbustivos más que
centenarios. En efecto, las encinas libremente desarrolladas en el paisaje, enlazadas por el ramaje a manera de alta cúpula, acogen a su sombra a uno de los cerezos de madroño más notables del territorio: La corteza lisa, marrón gránate-sobresale, en una rara armonía, entre el verde enfosquecido de cipreses y laureles, especies dominantes en su entorno.
Rozando
el paisaje, esparcidos por la amplia terraza, otros árboles eminentes reflejan sus ramas sobre el
mirador del agua de la gran alberca: viejos eucaliptos, los más aparentes, de
tronco y ramaje excepcionalmente desenvuelto, han logrado resistir, no sin graves
perjuicios- bien visibles- las extremas heladas de los últimos años. Los tonos
desvanecidos de su follaje y las cintas y galones multicolores que se
desprenden de la corteza destacan del fondo compuesto por especies
diversificadas, todas ellas, con única excepción los robles, perennifolios.
No lejos
de la alberca, en medio de un bosque de laureles, un ejemplar destacado de
secoya- de porte estrecho y piramidal-, posiblemente único en los espacios
públicos del ambiente urbano y metropolitano. La corteza gruesa y agrietada
roja- dificilísima de quemar ha hecho posible la supervivencia hasta nuestros
días de bosques exuberantes, auténticas reliquias forestales, reunidas en la
ladera de la montaña de California-húmedos y con niebla cerca del mar. Reputadas como especies de larga vida se
llega a decir que tienen 3.000
a 4.000 años de existencia.
Contando
los anillos de algunos troncos, ha permitido verificar edades rayando los 1.500
años, ciertamente no despreciables.
Por la
parte delantera de la secoya, una auténtica filigrana de boj recortado-
Hoy
desafortunadamente deshecha- circundaba, a manera de alfombra, cuatro tejos
simétricamente plantados. Más al norte, un bello ejemplar de pino- también
único en el jardín, pino de hojas muy largas- de unos 20 cm- gruesas y
punzantes, con piñas gruesas, ovalado-cónicas, cogidas a las ramas generalmente
en grupos, de dos a cuatro.
Sección C: Cipreses
Centenares
de cipreses comunes en la línea de los tres metros de altura, plantados a pocos
centímetros unos de otros, configuran los
750 metros de
paredes del Laberinto. El ciprés común-
su origen de la especie se han perdido, difuminados por las tierras del
mediterráneo oriental (isla de Chipre, Grecia...) -extendido hoy por la mano
del hombre en todo el ámbito mediterráneo con la especie exótica, el ciprés
macrocarpa o de lambert. De porte más dilatado y piramidal, a acompañado de un
rápido crecimiento, es fácilmente diferenciado de su género.
El
recorte continuado y esmerado- delimitan la altura y marcando la amplitud- lo
que favorece la aparición de hojas, ramas y ramillas desde su mismo pie,
convirtiendo la plantación en un auténtico muro vegetal que, en pocos años si
es debidamente respetado-, resulta prácticamente infranqueable. El corte periódico no es obstáculo, porque
las inflorescencias- sean las masculinas en forma de pequeñas piñas alargadas, o las femeninas
que con el tiempo se vuelven frutos redondos y gruesos- teniendo tiempo de
formarse y desarrollarse, cubriéndose multitudinariamente (especialmente las
primeras), ya llegada la primavera, las monótonas perspectivas, lineales, de
los inacabables caminos.