jueves, 17 de diciembre de 2015

El Parque de la Ciudadela-8


El Parque de la Ciudadela-8

La inercia ciudadana y el transcurso de los años forzaron, poco a poco, romper este carácter unitario, marcadamente del siglo XVIII, del dibujo original de los jardines. Un reducido Zoológico fue la causa detonante.
Con el proyecto de reforma y ampliación de 1956 un nuevo hábitat aparcen -modernos habitáculos para grandes animales en libertad - que obliga a ocupar, y a cerrar, una considerable extensión del Parque.


¿Qué hacer entonces de un paseo, con bordillo y calzada central pavimentada, que iba a morir a la tapia de unas nuevas instalaciones?  La nueva remodelación, actual, soluciona airosamente el problema: nace un conjunto armónico del enlace, no siempre feliz, de dos épocas próximas pero bien diferentes: la moderna y la de 1800.
La vegetación.

Los álamos y los bosques de ribera

Homenaje a la Exposición de 1988, con relieve de Antonio Clave

En casi toda Europa, desde el norte de Rusia hasta Asia Menor, siguiendo incluso los territorios norte -africanos, donde las aguas de los ríos, de los grandes valles corren abundantes y placidas, encontramos, casi siempre en estado silvestre, bosques de ribera, caducifolios, muy parecidos entre sí. Las especies dominantes son siempre las mismas: álamos, olmos, sauces y algunos fresnos y chopos. Las cabeceras de los álamos, esbeltas, emergen del conjunto destacando por sus tonos plateados, más o menos impresionantes según la fuerza del viento: cada hoja, verde oscuro por arriba pero blanca y pilosa por el revés se pega a las ramas por un largo y estilizado peciolo que lo mece al más leve impulso del aire. Combinaciones infinitas, de tonos oscuros y plateados se suceden continuamente. Es el que, con pocas diferencias vemos en la avenida de los Alvers de la Ciudadela si levantamos los ojos hacia las cabeceras.

A nivel de suelo, en cambio, los álamos silvestres de toda Europa están sometidos, por el lugar natural que ocupan, a frecuentes vaivenes de agua, con fuerza devastadora. El bajo bosque, por tanto, es irregular, cambiante y mayormente herbáceo. Arboles prominentes y mantel de plantas tiernas debajo. Imagen próxima del moderno aspecto de la avenida que del primitivo diseño del Parque del siglo XVIII, con los bordillos sobre el nivel de la calzada, más acto para el paseo y el lucimiento personal que para la tranquilidad, el silencio y lucimiento estético.

Hacia otro conjunto del Parque, por otro lado, nos ofrece a lo largo del año bastante diversidad de cambios, de formas y de colores: la explosión de los brotes florales hacia el mes de marzo- verdosos los de los pies femeninos y rojizos los de los masculinos- recubren hasta la más pequeña rama de una capa abellotada (estambres, estigmas y otras piezas de soporte) que deja paso, una vez desarrolladas las flores, a la explosión de las hojas. Ya de menudas se mueven a la más suave brisa del aire, alternativamente, el verde oscuro de un lado a la cara plateada del otro. Bien entrada la primavera, maduros los frutos, se abren uno por uno. El ambiente, entonces, queda lleno de copos algodonados- cada uno envolviendo una minúscula semilla- que por los impulsos del viento pueden aterrizar a decenas de kilómetros de distancia. Sauces, chopos y álamos, integrados en una misma familia botánica, se expanden de idéntica forma.

Hasta en otoño, con la caída de la hoja, no se acaba el juego perseverante, continuo- fascinante- jugando con la luz y la sombra, con las hojas de tonos blancos y oscuros. Todo el volumen del follaje, abocado anualmente en la tierra es una carga para los jardineros cuidadores del Parque. Natural, es una riqueza de valor incalculable para las alamedas silvestres que viven en toda Europa. Estas, como es lógico comprender, se han de nutrir y mantener de ellas mismas. Y el agua y la materia orgánica- hojas y ramas descompuestas- son los principales elementos. Las otras alamedas, como la del paseo del Parque, artificiales, lejos de los cursos del agua, son mantenidas por el hombre. Fuera de su ambiente, el álamo- al igual que gran número de especies vegetales- tolera y es capaz de resistir toda clase de privaciones, hasta ambientes de cierta aridez. En estas circunstancias, o bien no se reproducen o si lo hace, no con la frecuencia y facilidad que en las orillas de los ríos.

El hombre diseña jardines, y estructura paseos y avenidas con especies de ámbitos ecológicos hasta antagónicos respecto al lugar donde trabaja. Consigue así efectos estéticos insospechados, al tiempo que crea una belleza diferente de la que aflora del paisaje natural- donde las plantas viven en estado silvestre. Pero no solamente un tipo de paisaje interfiere con el otro sino que los dos, con un sentido biológico profundamente distinto, están igualmente a nuestro alcance.

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